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Personajes Célebres e Históricos del Ecuador

 

Dentro de los Personajes Célebres e Históricos más Importantes de Ecuador, podemos destacar:

Manuela Sáenz Aizpuru (Quito, Virreinato de Nueva Granada, 27 de diciembre de 1797 - Paita, Perú, 23 de noviembre de 1856) fue una patriota quiteña y compañera sentimental de Simón Bolívar, reconocida por la historiografía independentista hispanoamericana contemporánea como heroína de la Independencia de América del Sur. Es conocida también como Manuelita Sáenz y como «Libertadora del Libertador» por su decidida actuación defendiendo a Simón Bolívar durante un atentado en su contra. Criticada, denigrada e ignorada y desterrada por sus contemporáneos y aún décadas después de su muerte, sólo a mediados del siglo XX Manuela Sáenz empezó a ser reivindicada como heroína y prócer en la gesta de la independencia o como precursora del feminismo en América Latina.1 En todo caso, casi dos siglos después de su muerte, es un personaje que continúa aun despertando odios o amores y ocasionando debates y controversias.

 

 

Hija del hidalgo español Simón Sáenz Vergara y de la criolla María Joaquina de Aizpuru, nació en Quito el 27 de diciembre de 1797, aunque algunas fuentes citan el año de 1795. Su madre que había sido enviada a la hacienda Cataguango, propiedad de los Aizpuru, a dar a luz, murió, según unas versiones, al día que nació Manuela o, según otras, dos años más tarde, por lo cual Manuelita fue entregada al Convento de las Monjas Conceptas (Real Monasterio de la Limpia e Inmaculada Concepción), en el que pasó sus primeros años bajo la tutela de su superiora, sor Buenaventura.

Se sabe que por sus talentos y dones especiales su padre la llevó de visita a la casa que compartía con su esposa, Juana del Campo y Larraondo, ilustre dama nacida en Popayán, quien siempre trató a la niña con cariño y le enseñó buenas costumbres, fomentó su interés por la lectura y le prodigó afectuosos cuidados de madre. En esa casa nació un profundo lazo de amor con su hermano de padre, José María Sáenz. A las negras Natán y Jonatás las conoció en los primeros años de su vida, cuando salía del internado para pasar unos días en Cataguango, por lo que les unió una amistad que se inició en la niñez y fueron sus inseparables amigas y compañeras.

Luego de haber completado su formación con las monjas conceptas, pasó al monasterio de Santa Catalina de Siena (Quito), de la Orden de Santo Domingo, para concluir así con la educación que en ese tiempo se impartía a las señoritas de las más importantes familias de la ciudad. En ese lugar, aprendió a bordar, a elaborar dulces y a comunicarse en inglés y francés, habilidades y labores que fueron con las que se mantendría en sus años de exilio en Paita (Perú).

A los 17 años, huyó del convento, en un episodio del que se sabe pocos detalles y del cual ella no hablaba, pues al parecer fue seducida y luego abandonada por Fausto D’Elhuyar, oficial del Ejército Real, sobrino de Juan José Elhúyar e hijo de Fausto Elhúyar (los descubridores del tungsteno).

En diciembre de 1816, Manuela, a la edad de 19 años, conoció en Quito a James Thorne, acaudalado médico inglés veintiséis años mayor que ella, y Simón Sáenz, su padre, como era costumbre en la época y por razones de conveniencia, pactó su boda para julio de 1817. La boda se celebró en Lima, entonces capital del Virreinato del Perú, ciudad que no conocía las condiciones «ilegítimas» de su nacimiento, por lo cual Manuelita fue aceptada en el ambiente aristocrático de la ciudad virreinal como ya había sucedido con Rosa Campuzano, la guayaquileña con quien Manuela hizo gran amistad y se involucró de lleno en actividades políticas, en una evidente atmósfera de descontento con las autoridades españolas, en la cual las mujeres ejercían una gran influencia en los círculos virreinales para conseguir empleos a sus padres, esposo e hijos, por lo que estaban informadas de los acontecimientos en el virreinato, siendo esta una de las razones que explican la decidida participación femenina en los movimientos revolucionarios, apoyando la causa de Bolívar por liberar la Nueva Granada y de San Martín por independizar el Perú. En este ambiente, Manuela contribuyó decididamente en el cambio del Batallón Numancia, del cual formaba parte su hermano José María, hacia las filas patriotas.

Por sus actividades pro independentista, San Martín, luego de haber tomado Lima con sus milicianos y proclamado su independencia el 28 de julio de 1821, le concedió a Manuela el título de Caballeresa de la Orden El Sol del Perú.

En 1821, a raíz de la muerte de su tía materna, Manuela decidió regresar al Ecuador, para reclamar su parte de la herencia de su abuelo materno, y viajó con su medio hermano, entonces oficial del batallón Numancia, ya integrado al ejército libertador con el nombre de Voltígeros de la Guardia y bajo las órdenes del general Antonio José de Sucre, que había recibido la orden de trasladarse a Quito.

Encuentro con Bolívar

Durante la entrada triunfal de Simón Bolívar a Quito, el 16 de junio de 1822, Manuela Sáenz de Thorne lo ve por primera vez, en un evento narrado por ella en su diario de Quito:

Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de S. E.; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho de S. E. Me ruboricé de la vergüenza, pues el Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados en tal acto; pero S. E. se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano.

En un encuentro posterior, en el baile de bienvenida al Libertador, él le manifiesta: «Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España». Manuela y Simón Bolívar se convirtieron en amantes y compañeros de lucha durante ocho años, hasta la muerte de éste en 1830.

En 1823 Manuelita acompañó a Bolívar al Perú y estuvo a su lado durante buena parte de las campañas, participando en ellas activamente, hasta culminar la gesta libertadora cuando se radicaron en la ciudad de Santa Fé de Bogotá.

Thorne en varias ocasiones pidió a Manuela que volviera a su lado. La respuesta de Manuela fue contundente: seguiría con Bolívar y daba por finalizado su matrimonio con el inglés. En alguna ocasión, consultada sobre el rompimiento con su marido, Manuelita expresó que no podía amar a un hombre que reía sin reír, que respiraba pero no vivía y que le generaba las más agrias repulsiones. Este comportamiento "indecente" para una mujer de la época marcó un antecedente de autodeterminismo en la mujer en una época donde eran reprimidas por una sociedad que las anulaba completamente; en este acto esta quizás una de las características más interesantes de este personaje histórico.

La libertadora del libertador

Durante su estancia en Santa Fé de Bogotá, el 25 de septiembre de 1828, Bolívar fue objeto de un intento de asesinato, frustrado gracias a la valiente intervención de Manuelita. Los enemigos de Bolívar habían conjurado para darle muerte aquella noche de septiembre. Al entrar al Palacio de San Carlos (hoy día sede de la Cancillería de Colombia), frente al Teatro Colón, Manuela se da cuenta del atentado, y se interpone a los rebeldes, con el fin de que Bolívar tuviera tiempo de escapar por la ventana.

Exilio y Muerte

Después de que su dimisión a la presidencia fuera aceptada, Bolívar abandonó la capital el 8 de mayo de 1830 y falleció en diciembre en la ciudad de Santa Marta producto de la tuberculosis, sumiendo a Manuela en la desesperación. En 1834, el gobierno de Francisco de Paula Santander destierra a Manuela de Colombia y ella parte hacia el exilio en la isla de Jamaica. Regresa a Ecuador en 1835, pero no alcanza a llegar a Quito: cuando se encontraba en Guaranda, su pasaporte fue revocado por el presidente Vicente Rocafuerte, por lo que decidió instalarse en el puerto de Paita, al norte del Perú.1 Allí fue visitada por varios ilustres personajes, como el patriota italiano Giuseppe Garibaldi, el escritor peruano Ricardo Palma (que se basó en sus relatos para redactar parte de sus Tradiciones peruanas) o el venezolano Simón Rodríguez. Durante los siguientes 25 años se dedicó a la venta de tabaco, además de traducir y escribir cartas a los Estados Unidos de parte de los balleneros que pasaban por la zona, de hacer bordados y dulces por encargo.

En 1847, su esposo murió asesinado, siendo incapaz de cobrar ni siquiera los 8000 pesos de la dote entregada por su padre al momento de su matrimonio.

Manuela falleció el 23 de noviembre de 1856, a los 59 años de edad, durante una epidemia de difteria que azotó la región. Su cuerpo fue sepultado en una fosa común del cementerio local y todas sus posesiones, para evitar el contagio, fueron incineradas, incluidas una parte importante de las cartas de amor de Bolívar y documentos de la Gran Colombia que aún mantenía bajo su custodia. Manuela entregó a O’Leary gran parte de documentos para elaborar la voluminosa biografía sobre Bolívar, de quien Manuela dijo: «Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero».

Manuela Sáenz es sin duda uno de los personajes más interesantes de las guerras de independencia de América del Sur. Según sus detractores, su relación con Simón Bolívar opaca sus propios méritos personales, como una de las grandes defensoras de la independencia de los países sudamericanos y como una de las más destacadas y avanzadas defensoras de los derechos de la mujer.5

En su tiempo fue severamente criticada por algunos de sus contemporáneos debido a su actitud extrovertida y provocadora para la época, así como por la influencia política que llegó a ejercer, llegando a ser incluso desterrada. Aún muchas décadas después de su muerte, influyentes intelectuales e historiadores omitieron su vida en sus obras sobre la historia de la campaña libertadora, así como otros la limitaron a una condición decorativa romántica y aun denigrante, tejiendo una leyenda sexual alrededor de su figura, la que sigue teniendo peso en la a

Solo en la mitad del siglo XX, gracias al revisionismo histórico, aparecieron biografías y ensayos en los que se empezó a reivindicar su papel como líder en la gesta libertadora de lo que hoy son Colombia, Ecuador y Perú. En los últimos años Sáenz ha sido convertida en un icono del feminismo latinoamericano e igual como sigue teniendo detractores su vida también es exaltada por escritores e historiadores respetables como Alfonso Rumazo González, Germán Arciniegas o Alberto Miramón y Pablo Neruda

Manuela Cañizares una patriota, es una figura que merece el mismo respeto e importancia; pues, gracias a su entusiasmo y valerosa ayuda, se realizó en su casa la reunión para planificar la revolución de la libertad y dar el Primer Grito de la Independencia de América. Y con esa vocación de patriota, fragua ardiente de civismo, amó al Dr. Rodríguez de Quiroga, valor y nervio de esta gesta libertaria, que el 2 de agosto de 1810 vertió su nobilísima sangre junto con las vidas de más de 80 quiteños.

En la noche del 9 de agosto de 1809, los próceres quiteños se reunieron en la casa de doña Manuela Cañizares, para tratar un golpe revolucionario fijado para el 10 de agosto. Los patriotas se constituyeron en asamblea y procedieron a la organización de una Junta Soberana de Gobierno; luego de mucho discutir sobre el golpe revolucionario, los comprometidos no llegaron a un acuerdo, por lo que algunos empezaron a abandonar el local de dicha reunión, decepcionados por la falta de unidad de criterios. Entonces es cuando Manuela Cañizares, indignada toma su puñal en la mano y se para en la puerta de su casa, para evitar que los comprometidos abandonen el lugar hasta no declarar su decisión firme; venciendo sus temores por los que estaban a punto de dar pie atrás, momentos antes del viernes 10 de agosto de 1809; y luego les gritó con voz firme y decidida como un pregón de fuego inicial: “¡Cobardes! ¡Hombres nacidos para la servidumbre!  ¿De qué tenéis miedo? ¡No hay tiempo que perder!”

Los patriotas dominados por la actitud de tan espartana mujer, vuelven a reunirse en la sala y deciden lanzar el grito de independencia en la alborada del siguiente día 10 de agosto de 1809.

Después de la matanza del 2 de Agosto de 1810, los españoles publicaron una larga lista de los sujetos que faltan de apresar y son comprometidos en la revolución de 1809. En la lista se encontraba el nombre de doña Manuela Cañizares, pero con inteligente actuación evadió su captura, huyendo a la provincia de Cotopaxi. En el año 1812, contrajo matrimonio con el Corregidor de Latacunga; y más tarde falleció y fue enterrada en Pujilí.

Manuela Cañizares, se distinguió como mujer de indiscutible valía dentro del contexto de las figuras importantes del Ecuador; como ejemplo de patriotismo, de amor al pueblo, de luchadora infatigable por sus reivindicaciones y legítimos derechos; en sus 39 años de edad hizo demostraciones de servicio a su pueblo con fe y esperanza de un nuevo amanecer con el sol diáfano de victoria; fue capaz de romper esas cadenas que ataban a los criollos y a los indios, en lo económico, político y social, sumiéndose en la más humillante servidumbre. Manuela Cañizares fue poseedora de un gran valor, talento original, cultura elevada para aquella época, en la que la mayoría de las mujeres eran ajenas a las inquietudes culturales; le permitieron rolar con la flor y nata de la intelectualidad criolla. Mujer del pueblo de donde nació -de sus entrañas mismas- para entregarse sin dialaciones a la causa sublime de la libertad; luego vendrían Junín y Ayacucho, como conquista y consolidación de los ideales de la gesta del 10 de Agosto de 1809.

Abdón Calderón Garaicoa, nació en la ciudad de Cuenca (Azuay) el 30 de julio de 1804. Abdón Calderón, heredó naturalmente del sacrificio, valentía, desprendimiento, patriotismo apostólico, cuya filosofía se la dio su padre; juró vengar su muerte infame ocasionada por los realistas, en San Antonio de Ibarra.

En la batalla de Pichincha que selló la independencia ecuatoriana, Abdón Calderón, héroe de esta épica jornada, dio ejemplo a la juventud de su patria de lo que es capaz un hombre cuando lo inspira el valor y el amor a la patria.

Adolescente aún, a la edad de 16 años, ingresa al ejército libertador. Por sus antecedentes y decisión, digna herencia del ímpetu valeroso de su padre, recibe, en el cuerpo de" Voluntario de la Patria" el grado de subteniente y en esta calidad sale a campaña. Pronto se encuentra en la acción ce "Camino Real", en donde por su bravura, es ascendido al grado de teniente.

Con este grado, y como abanderado del batallón Yaguachi, entra en acción en la batalla de Pichincha, en la que, con el triunfo de los patriotas se decidió definitivamente la libertad de su patria.

Córdova mandaba la vanguardia, que por falta de municiones de vio obligada a replegarse. Vuelve a combate apoyado por dos compañias del Yaguachi, y en este refuerzo se encuentra el abanderado teniente Calderón. Inflamado de valor, con la bandera en alto y la espada en la diestra, avanza al frente de los suyos. Una bala enemiga le rompe el brazo derecho; pero él continúa la lucha con ardor, animado con el ejemplo a sus soldados. Otra bala le rompe el brazo izquierdo, y luego una bala de cañón le rompe las piernas.

¡Viva la República ! grita el heroico adolescente y cae sobre su bandera símbolo de patria y libertad.

Terminado el combate, Calderón fue trasladado al hospital de la Misericordia, hoy San Juan de Dios, en donde falleció pocos días después. En las partes remitidas por Sucre al Libertador, se destaca la actuación de tan valiente luchador. Bolívar lo asciende por mérito de guerra, al grado de capitán, y dispone que en adelante la compañía a la que pertenecía Calderón no tenga capitán, y cuando se pasase lista y se nombrase al héroe, la compañía contestase: "murió gloriosamente en el Pichincha, pero vive en nuestros corazones".

Como homenaje permanente a su memoria, en el Museo Municipal de Guayaquil se conserva los libros en que estudiaba aquel pequeño que día a día se ejercitaba para el sacrificio y para la gloria.

Gabriel García Moreno nació en la ciudad de Guayaquil el 24 de diciembre de 1821; sus padres fueron don Gabriel García Gómez y doña Mercedes Moreno; personas muy distinguidas por su nobleza como también por sus virtudes.

Es muy admirable en este personaje de la historia ecuatoriana el esmero y cuidado que puso en cultivar la voluntad e inteligencia; es por eso que supo dominar a la voluntad de una manera férrea y rindió su inteligencia; todo lo que se podía esperar de un hombre dedicado con abnegación al estudio de los grandes problemas sociales que en tal época logró alcanzar el cerebro humano.

A los 22 años propuso en una asamblea de la Sociedad Filotécnica, el asesinato del presidente Juan José Flores como el único medio de librarse del militarismo extranjero. García Moreno se preparó mucho en la lectura ya que era un lector insaciable, así como de una austeridad rígida. En 1858 asistió al Congreso de la República como senador por Pichincha. El 1° de mayo de 1859 forma un triunvirato que ascendía al Poder de la República, junto con Jerónimo Carrión y Pacífico Chiriboga; luego asumió la Primera Magistratura, por primera vez desde el año 1861 hasta 1865; la segunda vez desde 1869 hasta 1875, cayendo asesinado por el sicario Faustino Rayo, el 6 de agosto de 1875.

Gabriel García Moreno fue un gran estadista adornado de todas las cualidades para hacer del Ecuador un país grande y respetado en el ámbito internacional, prueba de ello son las estatuas que sus admiradores extranjeros han levantado en su honor.

Una conspiración de políticos propició su muerte la que ocurrió el 6 de agosto de 1875; murió perdonando a sus enemigos y diciendo: "Dios no Muere". García Moreno fue el hombre que dio lustre a la Patria, fue gloria de Guayaquil del 9 de octubre de 1820; a García Moreno, se lo ama con delirio y se lo odia hasta el paroxismo.

Eloy Alfaro: Montecristi, Ecuador, 1842 - Quito, 1912) Militar y político ecuatoriano, máximo representante del liberalismo radical, que fue presidente de la república en los períodos 1895-1901 y 1906-1911.
Eloy Alfaro era hijo del comerciante español Manuel Alfaro y la manabita Natividad Delgado. Su padre se dedicaba a la exportación y Alfaro participó en los negocios paternos, viajando al Perú, Colombia, América Central y el Caribe. En lo político, se inclinó por el liberalismo y en 1864 participó en una fracasada insurrección contra García Moreno. Exiliado en Panamá, allí emprendió varios negocios con éxito. En 1872, y siendo ya un hombre rico, contrajo matrimonio con Ana Paredes Arosemena, hija de uno de los notables del Istmo.
En 1875, tras el asesinato de García Moreno, Alfaro volvió al Ecuador y combatió al gobierno de Antonio Borrero. Apoyó el golpe de Estado de Veintemilla en contra de Borrero, el 8 de septiembre de 1876, tras el cual fue nombrado coronel. Pero meses después se declaró contrario a Veintemilla, que no cumplió el programa liberal prometido. A inicios de 1883, Alfaro fue proclamado jefe supremo de Manabí y Esmeraldas y organizó un ejército que derrotó al dictador, cuyo último reducto, Guayaquil, cayó el 9 de julio de 1883.
Tras el triunfo "restaurador", como se llamó al movimiento coligado en contra de Veintemilla, una Asamblea Constituyente eligió como presidente a José María Plácido Caamaño, frente a Alfaro, sostenido por los liberales. En 1884, cuando Caamaño se instaló en el poder, Alfaro encabezó una nueva revuelta que suspendió tras casi cuatro años de lucha, dedicándose entonces a los contactos internacionales. Sus adversarios se referían a él con el sobrenombre burlesco de "general de las derrotas", debido a sus fracasos militares.
Pero las cosas cambiaron al estallar el escándalo de "la venta de la bandera", el 3 de enero de 1895. En junio de ese año se desató la Revolución Liberal en Guayaquil: el presidente Luis Cordero debió renunciar, y Alfaro, que estaba en Panamá, fue proclamado jefe supremo. Alfaro llegó a Guayaquil el 19 de junio de 1895, e inmediatamente preparó el ataque contra los conservadores, atrincherados en la Sierra, a quienes los liberales derrotaron en San Miguel de Chimbo, Gatazo y El Girón antes de llegar a Quito, el 4 de septiembre.
Más tarde, el 12 de enero de 1897, una Asamblea Constituyente, tras expedir la undécima Constitución, se pronunció por el liberalismo y eligió como presidente a Alfaro. Durante su primer gobierno, que concluyó en 1901, Alfaro se dedicó a consolidar el triunfo liberal, a establecer la separación entre la Iglesia y el Estado y a impulsar la construcción del ferrocarril entre Quito y Guayaquil.
Más notable fue el segundo gobierno alfarista, vigente entre enero de 1906 y agosto de 1911. En este período se promulgó la Constitución de 1906, "la carta magna del liberalismo ecuatoriano"; se continuó la construcción del ferrocarril transandino, que arribó a Quito el 25 de junio de 1908; se consolidó la secularización en la enseñanza pública, y se realizaron también obras de infraestructura y comunicación.
En 1910 el conflicto limítrofe con el Perú estuvo a punto de provocar la guerra. Entretanto, se produjeron fisuras en el partido liberal, donde se enfrentaban el liberalismo radical de Alfaro y el liberalismo oligárquico de Leonidas Plaza Gutiérrez. En las elecciones de 1911, el gobierno alfarista impuso a su candidato Emilio Estrada mediante un fraude, pero Alfaro se arrepintió de tal maniobra y quiso obtener la renuncia de Estrada mediante la convocatoria a un congreso extraordinario. Para entonces, el placismo se había aliado con Estrada en contra de Alfaro, que fue depuesto por el pueblo y el ejército y debió abandonar el país.
Entonces asumió el poder Carlos Freile Zaldumbide, quien entregó la presidencia al electo Emilio Estrada, en diciembre de ese año. Pero Estrada falleció y Freile Zaldumbide asumió la presidencia. Alfaro y otros dirigentes radicales regresaron al país pensando influir en la designación de un nuevo mandatario, pero Freile Zaldumbide los apresó en Guayaquil.
Trasladados a Quito, el 28 de enero de 1912 una turba asaltó la prisión y acabó con Eloy Alfaro, Flavio y Medardo Alfaro, Luciano Coral, Ulpiano Páez y Manuel Serrano. Sus cuerpos, arrastrados a modo de trofeos sangrientos por la ciudad, fueron quemados en El Ejido. Al parecer, una oscura alianza entre el placismo y los conservadores fue el origen de esta acción criminal.
La obra de Alfaro, apelado el viejo Luchador, es una de las más notables de los
gobernantes del Ecuador, tanto por las transformaciones ideológicas que logró, como por las obras que realizó. Fueron también numerosas sus intervenciones en el campo social: exoneró del tributo territorial a los indios de la Sierra y a los montuvios de la Costa; suprimió la prisión por deudas; permitió la participación de la mujer en cargos administrativos; promovió escuelas y centros de educación. En el campo internacional promovió una reunión de representantes hispanoamericanos en México para la formación de un Derecho Público Americano; intervino ante la reina María Cristina en favor de la independencia de Cuba y luchó por resucitar la idea bolivariana de la Gran Colombia; en torno a él se unió el pueblo frente al Perú, pero no lo respaldó en su idea de alquilar a Estados Unidos las islas Galápagos.
Alfaro es una de las más fuertes personalidades que han guiado al pueblo ecuatoriano. Considerado, por unos, paladín de las libertades e instaurador de la democracia en su país, es, para otros, la encarnación del anticlericalismo y del despotismo político. Su militarismo, prepotencia y carácter dictatorial lo llevaron a conculcar los derechos de sus adversarios en nombre de la ideología radical de su partido, y le ganó la airada protesta de los intelectuales del país y el rechazo, y el odio incluso, de muchos de sus copartidarios. Para el partido liberal ecuatoriano e incluso de otros países.

Oswaldo Guayasamin- El Maestro del Pincel: (Quito, 1919 - Baltimore, 1999) Pintor ecuatoriano. Comenzó a pintar y dibujar desde su infancia, y vendía sus trabajos a los turistas para costearse los estudios. Aunque debió enfrentar la oposición paterna para hacerlo, finalmente se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de Quito, en la que permaneció durante siete años y de la que recibió el título de Pintor y Escultor en 1941, siendo el mejor alumno de su promoción.
El período durante el cual Guayasamín recibió su formación estética fue el de mayor auge de la Escuela Indigenista, y la influencia de esta corriente en el pintor es evidente desde sus obras iniciales. En 1942 realizó su primera exposición en Quito, que causó gran escándalo por su marcado carácter de denuncia social. Poco después se trasladó a México, donde trabajó algunos meses con el gran muralista Orozco, quien ejerció una importante influencia en la definición del lenguaje estético del joven pintor ecuatoriano.
En 1943 pasó siete meses en los Estados Unidos recorriendo distintos museos a fin de estudiar las obras de Goya y El Greco, entre otros maestros. A comienzos de la década de 1940 trabó amistad con Pablo Neruda y realizó un largo viaje por Chile, Perú, Argentina, Bolivia y Uruguay, durante el cual tomó apuntes para su gran serie Huacayñán ("El camino del llanto", compuesta por más de cien telas que giran en torno a la temática del indígena, el negro y el mestizo en América.
La realización de este trascendental trabajo fue posible gracias al apoyo que le brindó Benjamín Carrión desde la recién creada Casa de la Cultura. Las telas que integran la serie Huacayñán fueron expuestas por primera vez en 1952, en el Museo de Arte Colonial de Quito y, a lo largo del mismo año, en la Unión Panamericana de Washington y en la III Bienal Hispanoamericana de Arte, realizada en Barcelona (España), que le concedió el Gran Premio de Pintura.
Guayasamín ha aunado la fuerza de la temática indígena con los logros de las vanguardias de principios de siglo, especialmente el cubismo y el expresionismo, elementos que se advierten en el mural en mosaico de cristal veneciano denominado Homenaje al Hombre Americano, que realizó en 1954 para el Centro Simón Bolívar de la ciudad de Caracas, Venezuela. En 1957 recibió el Premio Mejor Pintor de Sudamérica, concedido por la Bienal de São Paulo, Brasil.
Durante 1958 realizó dos importantes murales en el Ecuador: El descubrimiento del Río Amazonas, realizado en mosaico veneciano, que se encuentra en el Palacio de Gobierno de Quito, y el mural Historia del Hombre y la Cultura, para la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central del Ecuador. En 1960 recibió el Gran Premio del Salón de Honor de la II Bienal de Pintura, Escultura y Grabado de México, un galardón que significó el comienzo de su proyección internacional.
Tras varios años de intenso trabajo, en 1968 presentó en el Museo de Bellas Artes de la Ciudad de México su segunda serie de envergadura, titulada La edad de la ira y compuesta por 260 obras que se agrupan por series (Las manos, Cabezas, El rostro del hombre, Los campos de concentración, Mujeres llorando), en las que el pintor recoge diversos elementos de su experiencia vital para plasmar en una deslumbrante sucesión de telas el drama y la tragedia del hombre de nuestro tiempo.
La edad de la ira ha sido considerada una de las últimas grandes realizaciones del cartel político en pintura del siglo XX y tras su exhibición en México fue presentada, a lo largo de 1973, en el Palacio de la Virreina (Barcelona), en las Galerías Nacionales de Praga y en el Museo de Arte Moderno de París. En 1971 se dedicó al monumento escultórico denominado La Patria Joven, que se encuentra en la ciudad de Guayaquil y, al año siguiente, el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid acogió una muestra de sus últimas obras.
En 1973 fue nombrado vicepresidente, y luego presidente, de la Casa de la Cultura de Quito, cargo que le permitió realizar un amplio programa de difusión cultural. En 1974 recibió la Condecoración del gobierno de Francia, que por primera vez se concedió a un artista latinoamericano. Durante el año 1977, como homenaje a su trabajo, el Ministerio de Relaciones Exteriores organizó en Quito una retrospectiva de su obra, parte de la cual se expuso simultáneamente en varias ciudades de España. En 1980 inauguró su mural Ecuador en el Consejo Provincial de Pichincha y, en 1982, terminó otro mural, denominado España-Hispanoamérica, que se encuentra en el Aeropuerto Internacional de Barajas, en Madrid.
En 1981 la Cámara de Representantes del Ecuador reconoció la obra y la trascendencia del artista mediante la creación de la Fundación Guayasamín, patrimonio cultural del país, a la que el pintor donó sus obras y colecciones de arte. En sus cuadros Guayasamín denunció siempre con convicción los horrores, los desastres y los dramas del hombre, dando a sus obras una expresividad particular dentro de la escuela indigenista.

Juan Montalvo: Nació en la ciudad de Ambato el 13 de abril de 1832. Fueron sus padres don Marcos Montalvo y la señora Josefa Fiallos. Inició sus estudios en su ciudad natal, para luego trasladarse a la ciudad de Quito, donde terminó sus estudios secundarios, ingresando posteriormente a la Facultad de Derecho de la Universidad Central, carrera que no logró terminar.

De regreso a su ciudad natal se dedicó a realizar estudios de filosofía, ciencias políticas, historia y literatura general. Recluido en su quinta de "Ficoa" y acompañado por la fragancia de los árboles centenarios, aprendió latín, griego, francés e italiano, a fin de leer a los famosos escritores europeos en su propio idioma. Amante de contemplar la naturaleza y meditar sobre los valores humanos, encontró un sitio propicio en el cálido rincón de Baños en donde pasó gran parte de su juventud.

A los 26 años, el presidente Urbina lo nombró adjunto civil ante el gobierno de Francia. Llegando a París, inicia una vida intelectual intensa, conoce a muchos intelectuales de fama, para aquella época, entre los cuales se destaca Lamartine, a quien en gesto digno de un hijo de esta tierra, le invita a trasladarse a América, donde encontraría un regazo digno de su genio.

Para 1860, al cabo de dos años de permanencia en Europa, regresa la Ecuador y encuentra a Gabriel García Moreno en el poder.

Desde Yaguachi envía una carta al mandatario, en donde le habla de las inconveniencias de la tiranía y de los derechos del pueblo y de los individuos. Luego a través del periódico "El Cosmopolita", inicia una vigorosa campaña contra las acciones de García Moreno, por lo que es desterrado a la ciudad de Ipiales (Colombia), en donde permanece un corto período para luego trasladarse nuevamente a Europa. Estando en este Continente se desencadena la guerra de 1870 entre Francia y Alemania, por lo que tuvo que retornar a Ipiales, ciudad en la cual escribe CAPÍTULOS QUE SE LE OLVIDARON A CERVANTES y años más tarde las famosas CATILINARIAS, que tanta fama adquirieron por su demoledora contundencia punzante e irónica, donde la diatriba adquiere tonalidades de sublimidad contra el tirano Veintimilla.

Asesinado García Moreno en 1875, pudo retornar nuevamente a su querido Ambato, sintetizando en su frase: "Mi pluma lo mató" todo una época de lucha contra la tiranía garciana.

Con el golpe de estado, por el cual, Ignacio Veintimilla asume el control del país, aparece un militarismo audaz y poderoso. Montalvo nuevamente es desterrado a Ipiales, en donde reaparecen LA CATILINARIAS.

Parte otra vez para Europa, en esta ocasión definitivamente. En España, don Juan Valera, Gaspar Núñez de, Arce y Emilio Castelar, lo postulan para un puesto en la Real Academia de la Lengua Española, postulación que no tiene éxito por la oposición de los conservadores españoles.

Los últimos años los viven en París, hasta que en 1888 es atacado por una enfermedad pleural; nada pudo la medicina de ese entonces y finalmente, el 17 de enero de 1889 muere el "Cosmopolita de América". No sin antes exclamar una frase muy celebre suya: "Un cadáver sin flores siempre me ha inspirado tristeza", por eso antes de morir se vistió de gala.

El Cervantes de América rindió culto a aquella diosa inmortal la Libertad, caracterizado porque sus obras, entre los libros que escribió se destacan: LOS SIETE TRATADOS, CAPÍTULOS QUE SE LE OLVIDARON A CERVANTES, LAS CATILINARIAS, EL COSMOPOLITA, EL REGENERADOR, LA MERCURIAL ECLESIÁSTICA, JUDAS, LA DICTADURA PERPETUA Y GEOMETRÍA MORAL, entre otras empleó el Castellano más puro y bello, injustamente desterrado varias veces y perseguido como ninguno.

Monseñor Leonidas Proaño: Nacio el 29 de enero de 1910, en San Antonio de Ibarra... Supe, como todos los pobres, lo que es padecer de necesidad y de hambre. ¡La pobreza!... es también un don”. Dice en su autobiografía monseñor Leonidas Eduardo Proaño Villalba.
Sus padres Agustín Proaño Recalde y Zoila Villalba Ponce, fueron campesinos pobres dedicados a tejer sombreros de paja para educar a su único hijo, ya que sus tres hermanos habían muerto tempranamente.
“Tendría 10 u 11 años de edad, empecé a ayudar a mi padre en el trabajo más duro y peligroso que era macetear los sombreros. Duro, porque se rompían las manos, mientras no se formaran callos”.
El 1 de octubre de 1930 ingresa al Seminario Mayor San José de Quito para estudiar Filosofía y Teología y el 4 de junio de 1936, es ordenado sacerdote.
Aprendió de sus padres el amor a los pobres. “Ese amor y respeto a los pobres, particularmente a los indígenas, llegó a formar parte de mi propia existencia. Por esto, he dicho más tarde que no he querido nunca ser traidor a los pobres, pues nací en un hogar pobre y aprendí en ese mismo hogar a amar a los pobres…”
El 26 de mayo de 1954 se consagró Obispo de la diócesis de Bolívar (provincia del Chimborazo y Bolívar), designación hecha por el Papa Pío XII.
Al llegar a Riobamba, avizoró los graves problemas de los campesinos chimborasenses; pues, Mons. Proaño, el Obispo del Indio, su hermano y amigo se entregó por entero a estudiar sus problemas y buscar soluciones adecuadas.
En 1956, siete años antes de que se promulgara la primera ley de Reforma Agraria, Monseñor Leonidas Proaño, al constatar, por un lado, que la Diócesis que dirigía era propietaria de extensas propiedades, y por otro, la situación en la que sobrevivían los indígenas por el despojo de sus tierras, proyecta la entrega de haciendas de la iglesia a los indígenas.
“No se trata de dar una cuadrita a cada individuo. Quiero que la parcelación se efectúe entre cooperativas para que sea de provecho”. De esta manera la iglesia de Riobamba se anticipó al Estado.
En esta diócesis trabajó incansablemente, con decisión y dinamismo, durante 31 años, separándose de la misma por límite de edad (75 años), luego de dejar en el corazón de los campesinos y sus hermanos que lo comprendieron y admiraron, huellas imborrables de una obra redentora, a luz del Evangelio.
“…cuanto he vivido y he aprendido no ha sido extraído de las aulas universitarias de mi país o de algún otro país del mundo, sino de la cantera del pueblo, porque mi Universidad ha sido el pueblo y mis mejores maestros han sido los pobres en general y particularmente los indígenas del Ecuador y de América Latina, considerados en Puebla como “los más pobres entre los pobres”.
Después de muchos años de silencio el indio volvió a hablar en Chimborazo. La Palabra de Dios ayudó al indio a hablar, a pronunciar su auténtica palabra... “Y el Verbo se hizo hombre” y el no-hombre, el estropajo vil y despreciable, se puso en pie y gritó sobre la alta montaña: aquí estoy, aquí existo, estoy vivo, soy hombre.., soy...
Leonidas E. Proaño, Obispo de los Indios, título que primero le fuera proferido como insulto, se convirtió en discípulo del indio, empezó descubriendo en sus andrajos la dignidad del hijo de Dios y puso sus oídos atentos al mínimo balbuceo de sus labios.
Reconoció que la Buena Nueva debe ser anunciada a los pobres y a esa tarea consagró sus esfuerzos.
Como discípulo del indio: observó con devoción sus ritos y costumbres, no condenó sus creencias; defendió tenazmente sus derechos; pacientemente descubrió la Semilla del Verbo en su forma de vida y la propuso como alternativa a nuestra sociedad capitalista, individualista, conflictiva.
La Conferencia Episcopal Ecuatoriana, en mérito al trabajo sacrificado en bien del indio y el marginado, lo designó en 1985, Presidente del Departamento de Pastoral Indígena del Ecuador.
"Me han dicho que soy un Obispo "Rojo", comunista. Yo me confieso cristiano. Un sacerdote, un obispo que se ha esforzado por ser cristiano. Y por lo tanto, no debo tener miedo a las calumnias, las amenazas, ni la muerte. Si trabajar cristianamente por la paz, la justicia y los derechos humanos de los más pobres es ser "rojo", ojalá que todos nos volviéramos siquiera "colorados", dijo durante un homenaje otorgado por el Obispo de la Diócesis de Ibarra, Mons. Luis Oswaldo Pérez Calderón.
“Se trata de buscar la verdad, para que brille, por encima de todo y de todos. Debemos decir la verdad. Debemos hacer la verdad. La verdad se dice con la palabra. La verdad se hace con la actitud. Nada de dobleces ni engaños, porque si aspiramos a ser libres debemos ser esclavos de la verdad…”
En 1962 funda las Escuelas Radiofónicas Populares del Ecuador –ERPE- encaminadas a realizar programas para la alfabetización, educación y evangelización de los pueblos indígenas. En 1985 el Papa Juan Pablo II por petición de los indígenas lo designa “Obispo de Indios”.
En 1967 Inicia la formación de las comunidades eclesiales de base.
"Jesucristo fue entrando en mi corazón y en mi vida desde que fui niño. Él ha sido para mí la manifestación contundente del amor del Padre. Sé por experiencia que me ama. También yo siento por Él un amor apasionado." (Creo en el Hombre y en la Comunidad).
Jesucristo para él no fue una teoría, un conocimiento abstracto... Jesucristo fue para él una persona, Alguien con quien llegó a establecer una relación de tú a Tú... Jesucristo fue su confidente, a la vez que fue su fortaleza... Estas confidencias las realizaba en el silencio profundo cuando se exponía ante el Señor en la Capilla de Santa Cruz, con una respiración acompasada, con los dedos de las manos entrecruzados y entreabiertos como dispuesto a acoger el mensaje y la voluntad de Aquel a quien amaba con "un amor apasionado"...
Como ser humano vive una búsqueda incesante. No se conforma con nada, no se estanca en lo conocido, se lanza a lo desconocido, mantiene un espíritu abierto a todo lo que ocurre en el mundo, en la Iglesia, es fiel a esa aventura de la fe que nos desinstala y no nos permite sentirnos nunca llegados a la meta. Este espíritu de búsqueda lo hace humilde, lo pone en situación de discípulo y no de maestro, en alguna ocasión dirá "soy aprendiz de cristiano".
La aventura de la búsqueda lo lleva a mirar con ojos siempre nuevos la Palabra de Dios, a descubrir la novedad de las enseñanzas de esa Palabra Viva, para llevarlas a la práctica. La fidelidad a la búsqueda es fidelidad a la realidad siempre cambiante, siempre interpelante.
“El método de ver, juzgar y actuar; se hizo carne, hueso y sangre en mi vida, ya no podía hacer de otra manera.", decía Monseñor Proaño. Fiel a su fe cristiana, había optado por "escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica". Esto dio lugar a un método muy original de la Iglesia de Riobamba que obligaba a quienes trabajaban con él a ir a cualquier reunión desarmados, esto es, dispuestos a ver la realidad, en lo posible con los ojos de la gente que la vive y la sufre, colaborando en ampliar esta visión con una información teórica que ayude a entender las causas y las consecuencias de esa realidad. Luego, se pasaba a comparar esa realidad con lo que Dios esperaba de las personas humanas, esto era el juzgar, o el momento de reflexión más profunda. Y luego venía la "puesta en práctica" de lo que la Palabra nos había dicho, esto era el actuar, la acción de Paulo Freire que desencadenaba un nuevo ver, un nuevo juzgar y un nuevo actuar.
Al final de su libro "Creo en el Hombre y en la Comunidad" dice: "Toda mi vida ha estado llena de luchas y conflictos… Pienso de mí mismo soy un hombre intransigente, cuando se trata de defender valores trascendentales no ciertamente especulativos, sino encarnados en la existencia de los hombres." Amor a la verdad, "He sido intransigente en la defensa de la verdad, porque he querido que los hombres concretos seamos verdaderos". Amor a la justicia, "He sido intransigente en la defensa de la justicia, porque he querido que los hombres practiquemos la justicia." Amor a la libertad, "Lo que más agradezco a mis padres es su permanente educación en la libertad y para la libertad." Amor a la paz, que tiene como cimiento la justicia y el amor, esa paz que "no es un objetivo barato", la paz que se conquista con la lucha por eliminar toda forma de opresión, de explotación, de injusticia, de discriminación. "He sido intransigente en la defensa del Amor y de la Amistad, porque he querido una gran autenticidad en las relaciones humanas." Fidelidad a la denuncia del sistema de pecado y al anuncio del Reino de Dios.
Por petición del movimiento indígena es designado por el Papa Juan Pablo II Obispo de los Indios.
Al final de sus días dirá: estoy convencido de que Dios me ha escogido para cumplir esta misión de contribuir a la liberación del pueblo indígena desde mi puesto de sacerdote y obispo de la Iglesia Católica.
En 1986 recibe el Premio Rothko por la Paz (Houston-EEUU), y en 1988, el Premio Bruno Kreiski (Austria) por la defensa de los Derechos Humanos. Antes de su muerte crea la Fundación Pueblo Indio del Ecuador. Muere el 31 de agosto de 1988 en Quito.

Eugenio Espejo: Según la leyenda romántica, fue hijo de un indígena quechua, Luis "Chusig" (lechuza), procedente de Cajamarca de una familia de picapedreros, quien se instaló en Quito como asistente del sacerdote y médico José del Rosario. Su madre, Catalina Aldás, era una mulata nacida en Quito.1 Al contrario de lo que se piensa Luis Chusig, no solo fue un simple picapedrero o asistente de José del Rosario, fue además y por sus propios medios un indio culto, que aprendió a leer gracias a la ayuda de Don Luis Benítez de la Torre, Cura y Vicario de Cajamarca, quien a escondidas, instruyó a Luis "Chusig", ya que en esa época era prohibido, que los indios sepan leer, y este en agradecimiento utilizó el apellido "Benítez", mismo apellido con el que contrajo matrimonio con Catalina Aldás. El origen de apellido "Santa Cruz y Espejo" no está aun esclarecido, pero se cree, que fue impuesto por algún español, ya que en esa época, todos los indios evangelizados, se les asignó nombres y apellidos cristianos.2 Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, aprendió sus primeras letras en casa de sus padres y luego, supuestamente, en una escuela católica para niños pobres. Sin embargo, existe controversia sobre el origen del sabio quiteño, pues existen documentos que comprueban que el nombre familiar de Espejo, lo llevaba ya el padre de Eugenio, quiteño, e incluso su abuelo, español. Es más, la inscripción de nacimiento de Eugenio de Santa Cruz y Espejo, está dada como tal, y ubicada en el libro de blancos, hecho imposible de consumar para un indígena, por influyente que fuera, ya que el sistema de castas de la Colonia lo prohibía explícitamente. Pero también, podría existir evidencia que María Catalina Aldás Larraincar o Larrinzar, no era mulata, sino de origen español hecho del que se valieron sus padres para poder inscribirlo en uno de los más prestigiosos colegios de Quito "El Colegio de San Luis" para el efecto, María Catalina Aldás, presentó su partida de nacimiento.2 Por otro lado, una vez inscrito desde muy temprana edad en colegios exclusivos de la aristocracia quiteña, llego a ser electo representante de sus compañeros en varias ocasiones. De esta época data su probable y único retrato conocido, en compañía de su clase.

Según algunos historiadores que defienden la historia romántica de Espejo, a él le fue muy difícil abrirse paso dentro la clasista sociedad colonial, pero consiguió doctorarse en medicina en 1767 y poco después también en jurisprudencia y derecho canónico. Dentro la sociedad quiteña se convirtió en el eje de la vida cultural y propagador de ideas progresistas, con un considerable apoyo por parte de la aristocracia criolla. En 1779 publica su primera gran obra, El Nuevo Luciano de Quito una crítica terrible a todos los problemas y deficiencias de la vida cultural en la Real Audiencia de Quito. Fue acusado de ser el autor de un texto que aplaudía el levantamiento de Túpac Amaru y Tupac Catari. Su activismo cultural acabó enfrentándolo a las autoridades, que lo procesaron en la capital del virreinato, Bogotá, pero este hecho contribuyó a aumentar aún más su prestigio; ya que salió libre de todo cargo.

Fue nombrado primer director de la biblioteca pública, compuesta por más de 40.000 volúmenes procedentes de los fondos de los Compañía de Jesús, recientemente expulsados. También publicó importantes trabajos de medicina, como las Reflexiones acerca de las viruelas (1785), el cual se convertiría en el primer texto científico que refería la existencia de microorganismos (inclusive antes que Louis Pasteur) y que definiría como política de salud conceptos básicos en la actualidad como la asepsia y antisepsia de lugares y personas. Más adelante colaboró en la creación de la Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito a semblanza de las otras que comenzaban a surgir en España y en las colonias y, sobre todo, editó el primer diario de la ciudad: Primicias de la Cultura de Quito (1792). Por su actividad de denuncia continua fue nuevamente encarcelado, situación en la cual acabó muriendo el 27 de diciembre de 1795 (a causa de disentería).

Su pensamiento es una adaptación de ideas ilustradas en el entorno colonial de la Audiencia. Sus ideas promovían la igualdad de todos los ciudadanos y nacionalización de las propiedades eclesiásticas. En su ideario aparecía por primera vez la igualdad de los indígenas con los criollos (ideal que quedó eliminado en los procesos de independencia) y también por primera vez planteaba los derechos de la mujer.
En Ecuador se considera que fue el primero en afirmar la necesidad de una emancipación de España y en proclamar la individualidad del país y, en general, de toda América; y que sus ideas, si bien modificadas en algunos aspectos importantes, inspiraron a los revolucionarios del 10 de agosto de 1809.
En cambio, autores como Efren Aviles Pino indican que Siempre se ha dicho que Espejo es el precursor de la independencia, pero no es así. Espejo sí fue un revolucionario ya que a través de sus escritos y publicaciones procuró reformar las estructuras sociales y políticas de esa época.1 .
Eugenio Espejo es considerado como uno de los mayores agitadores de los planteamientos de la independencia y crítico de la Colonia. A los 20 años se graduó de médico y ejerció múltiples trabajos como periodista, bibliotecario y escritor de innumerables obras tales como: Nuevo Luciano de Quito (1779), Reflexiones acerca de un método para preservar a los pueblos de la viruela (1785), Cartas Riobambenses (1787), Discurso sobre la necesidad de establecer una sociedad patriótica con el nombre de "Escuela de la Concordia" (1789), etc.
Los aportes dados por Espejo, en los distintos ámbitos contribuyeron al pensamiento social ecuatoriano; en el escenario de la medicina expuso sus conocimientos para prevenir la viruela y elaboró una reflexión histórica de las enfermedades contagiosas, realizó un cuadro exacto de las costumbres y condiciones sanitarias de Quito, dando una respuesta objetiva y científica a la causa de la enfermedad. Sin conocer los experimentos de Pasteur, halló la noción de la fermentación de las sustancias y las causas de los contagios. Llegó a las conclusiones que las condiciones sociales de explotación y de la mala distribución de la riqueza son propicios para el cultivo de enfermedades.
El pensamiento de Espejo promovío la igualdad de todos los ciudadanos y la nacionalización de las propiedades eclesiásticas. En su ideario aparecía por primera vez la igualdad de los indígenas con los criollos y también planteó el reconocimiento de los derechos de la mujer.
En noviembre de 1791 forma “la Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito”, compuesta por 25 miembros que se reunían semanalmente para discutir los problemas agrícola, educativo, político, social y analizar el desarrollo de las ciencias físicas y naturales. Sintiendo la necesidad de difundir los planteamientos independentistas, editó en 1792 el primer periódico publicado en la ciudad denominado "Primicias de la Cultura de Quito", órgano de esa sociedad y del que salieron siete números hasta el 29 de marzo de ese año.
Es considerado como uno de los primeros en afirmar la necesidad de una emancipación de España y en proclamar la individualidad del país y, en general, de toda América. Sus ideas inspiraron a los revolucionarios del 10 de agosto de 1809.
Eugenio Espejo, murió en la cárcel el 26 de diciembre de 1795 a los 48 años de edad y acusado de conspiración, se le inculpó que en las cruces de Quito amanecieron banderolas escarlatas con el lema que decía "Al amparo de la cruz, sed libres, conseguid la gloria y la felicidad".

Eugenio Espejo fue ciertamente un hombre de la Ilustración. Asimiló las ideas que los pensadores modernos echaban a cir cular desde Europa. Poseía una biblioteca apreciable. Se entusiasmaba con los nuevos libros. Y congregaba en su hogar pobre y so litario a los jóvenes de Quito, para explicar y comentar la doctrina de aquellos. Se lo consi deraba un verdadero filósofo (tal se despren de de las palabras de José Mejía, una de las personalidades más cabales dentro de la ora toria en lengua castellana, y en cierto modo discípulo de Espejo). Pero en su espíritu halla ban lugar no únicamente las ideas de su tiem po, sino también las de los clásicos. Estos ejercían sobre él mucho sugestión. Los citaba a cada paso. Y hasta prefirió la estructura de los diálogos a la manera de Luciano para ex poner sus propias enseñanzas. Por eso se lla mó a sí mismo "el nuevo Luciano de Quito", o "despertador de los ingenios", que es preci samente el título de la primera obra que escri bió. El propósito que entonces alentó y que persistió a lo largo de su carrera, fue el de hacer una crítica sin contemporizaciones al es tado intelectual de la Colonia...
Pero el caso de Espejo es de los más únicos de nuestra América. Por su ancestro. Por su condición social. Por sus estudios. Por su investigación científica. Por su periodismo. Por su crítica de la educación pública y de las instituciones españolas. Por su docencia esté tica. Por su nítida comprensión de la realidad americana. Por su empeño revolucionario, mantenido con el sacrificio de la propia vida, y llevado hasta los países vecinos con ánimo ejemplar... Espejo fue "una de las figuras más descollantes de la Ilustración", y sus libros "la mejor exposición de la cultura colonial del si glo XVIII".
Hijo de un indio y una mulata. De un pobre indio cajamarquino, que había llegado a Quito como paje de un fraile. De una mula ta cuya madre había sido esclava de otro reli gioso. Ni siquiera poseía apellidos propios. Los de sus padres, que él recibió, eran apelli dos adoptados. El indio se hacía llamar Luis de la Cruz Espejo. La mulata, Catalina Aldas y Larraincar. Alguien que quiso denigrarlo, un cura del poblado de Zámbiza, le echó en el rostro la humildad de tal origen, y dejó así es te chisme para la posteridad: "es constante que su padre, Luis Chuzhig por apellido y mu dado en el de Espejo, fue indio oriundo y na tivo de dicha Cajamarca, que vino sirviendo de paje de cámara al Padre Fray José del Ro sario, descalzo de pie y pierna, abrigado con un cotón de bayeta azul y un calzón de la misma tela".
El antiguo peón de Cajamarca puso todo empeño y apti tud en convertirse en cirujano de aquel centro de salud. De lo que hay que hablar con admiración es más bien de la manera con que educó y formó a su hijo Eugenio Francisco Xavier. Batallando con circunstan cias desalentadoras, aflictivas, estimuló tem pranamente las facultades intelectuales de és te. Alimentó su vocación médica, originada sin duda en el ambiente del hospital, en don de el pobre vástago indio pasó los años de la niñez y la adolescencia. Y cuya culminación no fue solamente la de un título de doctor en medicina, sino la de la forja de una sólida per sonalidad de investigador. Ella está explícita en el mejor de sus libros: "Reflexiones acerca de las viruelas".
Aquel hijo de indio y de mulata, desti tuido hasta de apellidos propios, debió sopor tar la adversidad de un medio que discrimi naba tercamente los grupos sociales siguien do los prejuicios de la sangre y el dinero. No podemos suponer cómo fue el aspecto verda dero de tal hombre. Su fisonomía y su figura. Aun a pesar del breve autorretrato que él es cribió. Los óleos y bronces que ahora preten den mostrarnos su imagen son una pura in vención del artista...
El pobre doctor Eugenio Francisco Xavier Espejo no pudo menos que sufrir el conflicto psicológico que eso produ cía. Se lo advierte en sus actitudes y confesio nes. Intentaba hacer valer el abolengo espa ñol de los apellidos Aldas y Larraincar de su madre, sin querer recordar que ésos fueron apellidos adoptados. Otras veces usaba nom bres supuestos para firmar sus libros...
pasados ya diez años de la aparición de "El Nuevo Lucia no de Quito", el Presidente de la Audiencia José de Villalengua y Marfil todavía lo juzga ba acremente, diciendo que contenía "sátiras a sujetos muy conocidos y de clase muy dife rente a la de Espejo". ¡Siempre la torpe acusa ción a la humildad de su origen! Y en 1810, quince años después de su muerte, las autoridades españolas seguían recordándolo con amargo resentimiento... A un hombre de aquella condición social, determinada por la pobreza de su origen, que además se atrevía a opinar con desenfado crítico sobre el estado de las colonias, tenían las autoridades que hacerle víctima hasta de un desdén póstumo. Y así su defunción fue registrada en el libro de indios y negros que mantenían aquellos feroces guardianes de castas y de clases.
El doctor Espejo soportó cárceles. Fue tratado como un "facineroso". Se trató de confinarlo en las selvas con pretexto de una expedición científica. Se lo enjuició hacién dole responsable hasta de hechos y papeles que nunca se comprobó que le eran realmen te imputables. El aclaró su posición sin cobar día. Reconoció la paternidad de libros de que se enorgullecía. Tuvo que ir a defender se ante el propio Virrey, en Bogotá, en donde estableció amistad con dos jóvenes colombianos que habrían de honrar a toda Hispanoamérica como Anto nio Nariño, el primer traductor en lengua cas tellana de la Declaración de los Derechos del Hombre, y el científico Francisco Antonio Zea.

Pedro Vicente Maldonado (1704-1748): científico que participó con el francés Charles Marie de La Condamine, en la medición de la tierra en el Ecuador.

Magdalena Dávalos y Maldonado (1725-1806): única mujer que perteneció a la Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito o Escuela de la Concordia, es la madre de José Antonio de Lizarzaburu.

Juan de Velasco (1727-1792): sacerdote jesuita, historiador.

Isabel de Godín (1728-1792): artes, pintura.

Leandro Sepla y Oro (1738-1810): cacique gobernador, de las parcialidades de la real corona de la ciudad de Quito, villa de Ibarra, asiento de Otavalo y de los pueblos de Licán y Macají. Artífice del reasentamiento de la nueva Riobamba.

José Antonio de Lizarzaburu (1747-1809): fundador de la Nueva Riobamba.

Ignacio José de Lizarzaburu y Benavides (1767-1832): prócer de la independencia.

Manuela León (1844-1872): indígena rebelde, heroína nacional.

Fernando Daquilema (1845-1872): puruhá duchicela líder indígena, héroe nacional.

Carlos Cordovez Borja (1888-1972): pionero de la radiodifusión en el Ecuador, ingeniero electricista, empresario, mecenas e inventor.

Miguel Ángel León (1900-1942): poeta y dramaturgo.

Luz Elisa Borja Martínez (1903-1927): poeta, escritora.

Edmundo Chiriboga (1917-1941): héroe nacional.

Luis Alberto Costales (1926-2006): poeta, historiador. Maestro, político y filósofo.

 

 

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